La tormenta pasó en la noche. A la salida de sol a las cinco y media, el cielo estaba despejado con una promesa del otra día caliente del verano.
Despertándose, pensaba que podría hacer mucho ya que su esposa se ha quitado la casa para pasar algunos días con su hija y no regresaría hasta mañana por la tarde.
Se levantó con el sol, miró la neblina en los campos, y decidió que ahora cortaría el árbol muerto cerca del arroyo. Sería mucho trabajo si lo hiciera el mismo, pero tuvo el lujo de trabajar sin interrupción. Sería solo en los campos todo el día sin nadie instruiéndolo en la importancia de que tenga cuidad o ofraciéndole ningunas otras instrucciones entrometidas. Qué suerte.
Después de una taza rápida de café negro, vio al cobertizo para herramientas, agarró su motosierra, y anduvo a través de los campos hacia el arroyo y el árbol, que estaba al lado de un montón de piedras quedado para las inundaciónes de la primavera. A las ocho, llegó al árbol, y empezo a desmontarlo.
Pasaba las horas de la mañana y el medio día así, no pensando de nunca excepto su trabajo, el árbol, y el ruido, humo, y olor de la motosierra. Trabajaba como fuera en un sueño. A vez en cuando, recordaba una canción vieja o un desacuerdo con su esposa, que siempre le regañaba sobre su descuido. Pero era seguro de que ella no tenía razón y que no era tan despistado. Continuó su trabajo, y las horas pasaron.
No se llevó un reloj, pero el sol había cruzado de un lado del arroyo al otro cuando se dio cuenta de que la tarde ya ha llegado. Tuvo mucho calor, y en su prisa esa mañana ha olvidado de traer algo a comer o bebir. Decidió sentarse en las piedras a la sombra para descansar un poco.
Sentado en las piedras, no hizo caso de nada. Nunca oyó el sonido de la culebra deslizando entre las piedras, y nunca vio tampoco de donde ha salido. Cuando la culebra lo golpeó, era más sorprendido que asustado para algunos minutos.
Pero entonces, recordó que era solo en el campo, que nadie era en la casa para ayudarle, y que su casa en todo caso fue una caminata de una hora a pie a través de los campos en el césped alto.
Atardeció el día mientras que el veneno entraba su sangre. Anduvo en la direción de su casa, porque tuve miedo de corrir. Empezó a sacudir. Algunos minutos más, se cayó, y no pudo levantarse. Tuvo frió. "Quizás mi esposa tiene razón", pensaba con una mirada fija al cielo, que de repente tenía nubes.
Dos días más tarde, le encontraron.
No sé si lo sabes, pero se parece mucho a algunos cuentos de Quiroga. Creo que te has contagiado :-)
no he leido las obras del Señor Quiroga antés de leer¨La Gallina Degollada,¨ pero vivo en un finca y trabajo mucho en los campos donde este tipo de acidente es siempre una posibilidad.